El Buque Mercante Río de la Plata de la Empresa Líneas Marítimas Argentinas (ELMA)

0
234

El 5 de abril de 1982 el buque mercante Río de la Plata de la Empresa Líneas Marítimas Argentinas (ELMA), atravesaba el Canal de la Mancha, proveniente de Finlandia y se dirigía al puerto de Bilbao, como última escala de carga antes de su destino final en Buenos Aires.

En tanto surcaban esas aguas internacionales tan cercanas a las costas de Inglaterra y con objeto de tener más noticias a raíz del conflicto suscitado por la reciente de recuperación de las Islas Malvinas por parte de nuestro país, el comandante de la nave, Capitán de Ultramar, Carlos Benchetrit, encendió el televisor de la Cámara de oficiales.

Apareció en pantalla un canal londinense transmitiendo en coloridas imágenes la zarpada del puerto de Portsmouth de los portaaviones Invencible, luego buque insignia de la Task Force, y el Hermes de 28.000 toneladas. Se podía apreciar que ambos partían en medio de un clima festivo, despedidos por bandas de música y una apreciable cantidad de público que evidenciaba su euforia enarbolando banderas y símbolos británicos.

El resto de la “Taske Force”, en realidad más del ochenta por ciento del poderío naval inglés, partieron de otros puertos. De Plymouth, salieron, el Sir Galahad y el Sir Geraint; de Devenport, partió la fragata Antelope; de Gibraltar lo hicieron los destructores y fragatas Glascow, Sheffield, Coventry, Brillant y Broasword; en cambio de Faslane, en Escocia, ya lo habían hecho, el 29 de marzo, los submarinos Conqueror y Splendid. Otras naves de guerra que se encontraban en bases distantes como Belice y Canadá se fueron sumando luego a la flota en su marcha hacia el Atlántico Sur.

Unos cuarenta barcos de guerra iban a ser apoyados logísticamente por cerca de setenta barcos auxiliares, algunos de la Marina Real y otros requisados, como el transporte de pasajeros Camberra ademas de la RFA que es la flota auxiliar de la Royal Navy

Todos estos componentes planeaban reunirse en las cercanías de la Isla Ascensión que se encuentra a unas 3.500 millas de Malvinas para luego fraccionarse en tres flotillas operativas. Una a ordenes del Capitán, Brian Young, en el crucero Antrim, que debía dirigirse a Georgias. Otro grupo de batalla centrado en el Hermes y el Invencible, a cargo del almirante, Sandy Woodward, tuvo la misión de llegar a Malvinas lo antes posible y el tercer grupo de elementos anfibios, a órdenes del Comodoro Mike Clapp, en el Fearless, debía permanecer un tiempo más en Ascensión efectuando ejercicios de desembarco y aguardando la reunión del resto de las naves aún dispersadas o con problemas técnicos.

El día 19, el Río de la Plata ya había dejado el puerto de Bilbao y se encontraba navegando hacia Buenos Aires, cuando poco antes de la media noche, a la altura de la Isla Do Fogo, en Cabo Verde, recibió un telegrama cifrado de ELMA disponiendo desviara su rumbo hacia la Isla Ascensión y desde una distancia no menor de 12 millas realizara un avistaje de los buques británicos que pudieran encontrarse en inmediaciones de la misma.

Benchetrit, no sin asombro, leyó detenidamente el mensaje y de inmediato se dirigió a la mesa de mapas donde con prolijidad y firmeza trazó un rumbo a Ascensión. Acto seguido convocó a sus oficiales para imponerlos de las órdenes de la Empresa. Estos, luego de escucharlo atentamente, no solo prestaron su plena conformidad, sino que expresaron su vivo entusiasmo en poder colaborar siendo útiles en un momento tan crucial para el país.

Esa misma noche, donde se aceleraron tanto los motores como los corazones, se doblaron las guardias del puente con objeto de no perder detalle en caso que llegaran a tener un encuentro con naves del oponente.

La Isla Ascensión, una posesión británica arrendada al gobierno de Estados Unidos, está situada a poco más de 1.900 Kilómetros de la costa occidental de África y a mitad de camino entre Londres y Puerto Argentino. Surge en el Atlántico meridional como un afloramiento volcánico de forma circular de unos 160 Km. cuadrados, donde se destaca, entre otras elevaciones menores, el Monte Verde (Green Mountain) de 820 metros.

Más allá de que Ascensión no cuenta con puerto, sus dos principales ventajas son su excelente fondeadero en la rada de Georgetown, su capital y la pista de aterrizaje en el aeródromo Wideawake , que traducido significa bien despierto- vigilante. En cuanto a la ayuda norteamericana su gobierno no tuvo reparo en brindarle a los ingleses, entre otras comodidades, sus polígonos de tiro y el aprovisionamiento de miles de litros de combustible que fueron llevados a la isla en buques tanqueros estadounidenses sin que se diera publicidad.

Como dicha isla incrementó en esos días su actividad, se impuso en la misma un estricto control en el manejo de los efectivos arribados y en las tareas de seguridad y aprovisionamiento. A cargo del mismo fue designado el Capitán de Navío, Mac Qeen, de la Armada Real quién contó, preventivamente, para asegurar su defensa, con un avión Nimrod de reconocimiento lejano y un destacamento terrestre de refuerzo.

Tal como era de imaginar a medida que se acumulaban materiales, hombres y armamentos, dicha base, de carácter vital para los ingleses, se transformó también en un objetivo prioritario para los servicios de inteligencia argentinos quienes pese a los limitados recursos con que contaban, pronto iban a desentrañar ese misterio.

Mientras el Río de la Plata se dirigía a toda marcha hacia su objetivo, el tercer grupo de la Fuerza de Tareas naval británica había comenzado a llegar a la isla donde cumplían sus obligadas escalas técnicas. Fue así como el Camberra, ahora transformado en transporte de tropas y barco de carga que llevaba en sus bodegas aviones Harrier, ancló a una milla de la costa. Otro tanto hizo el buque de asalto, Fearless, con 1.000 infantes de marina a bordo, varias lanchas de desembarco y un remolcador de bandera holandesa arrendada por la Marina Real Inglesa.

El 23 de abril, el Río de la Plata, llegó a Ascensión cuando el reloj marcaba la hora 17:00. Poco antes de su arribo se había cruzado con un barco de guerra inglés que se encontraba efectuando ejercicios tácticos con un submarino, pero éstos continuaron con su actividad e ignoraron el paso del mercante.

A marcha moderada y una distancia entre diez y doce millas del fondeadero pudieron observar que en el mismo se encontraban quince barcos británicos. Desde ese mismo momento en que estuvieron también al alcance de una clara recepción en la honda VHF, pusieron en marcha un grabador de cinta que ubicaron junto a la radio, lo que les permitió grabar todas las comunicaciones que se efectuaban entre los buques y también entre estos y la isla. A través de la captación de dichas emisiones pudieron establecer no solo la identidad de algunos de los buques avistados y quienes se encontraban al mando, sino también que tipo de trabajos se estaban efectuando sobre los mismos.

Increíblemente durante el pasaje del barco argentino frente al fondeadero donde se encontraban en plena tarea los barcos ingleses, ninguno de ellos demostró percatarse de dicha presencia, como tampoco se notó, en las conversaciones que los mismos mantenían por VHF, que se hubieran percibido de la observación a que estaban siendo sometidos.

Una vez concluido el avistaje y tras haber logrado un impecable registro magnetofónico, Benchetrit, decidió continuar la navegación rumbo a Buenos Aires.

Esa misma noche envió a la Empresa un mensaje cifrado especificando el detalle de lo que habían logrado divisar.

La transmisión emitida desde el Río de la Plata fue localizada por los británicos a través de Two Boats, un equipo de intercepción y criptografía de la GCHQ “Government Communications Headquarters (Jefatura de Comunicaciones Gubernamentales) que operaba en Ascensión bajo cobertura comercial brindada por una conocida compañía de comunicaciones internacionales. Pero ya era tarde, el secreto de los preparativos y potencial de la Fuerza de Tareas había sido develado y de ahí en más, los mandos argentinos iban a tener exacta información acerca de la partida de la flota desde Ascensión, su composición, velocidad y derrota. Este informe crucial con otro posterior, enviado por Benchetrit, sumado al avistaje de un Boeing 707 de Fuerza Aérea, completó la información de un oficial superior de inteligencia argentino que se encontraba en Londres y había sido testigo de la partida de la Fuerza de Tareas desde Portsmouth.

La identidad de los buques avistados se pudo establecer en coincidencias con la observación, a través de binoculares y las características particulares que señalaba el libro nomenclador de radiotelegrafía que se poseía a bordo. Esta conjunción se vio facilitada por la experiencia del 2do Oficial, Armando Busto, quien había revistado un tiempo en la Armada Argentina y conocía suficientemente los distintos perfiles de las naves de guerra.

Al día siguiente cuando habían dejado a Ascensión unas 30 millas atrás, se recibió en la radio del mercante otro telegrama de ELMA, el cual expresaba la conformidad por la observación realizada, pero, además, disponía su regreso a Ascensión, con el fin de completar más datos sobre los buques avistados y tratar de obtener fotografías.

Sin dudar un instante, Benchetrit, ordenó poner rumbo a la isla a la cual llegaron en horas de la noche.
Con el fin de disimular el verdadero sentido de su presencia en el lugar, se trató de darle a la nave una apariencia exterior distinta. Para ello se modificaron las posiciones de las luces de navegación, se ordenó apagar las interiores y con la ayuda de algunas luminarias en sitios claves, se proporcionó al buque, al menos en horas donde reinaba la oscuridad, el aspecto de ser un pesquero.

Siempre con el VHF abierto y el grabador en marcha, iniciaron una navegación alrededor de la isla a una distancia de cinco millas de la costa. En dicho periplo, que se cumplió a marcha lenta y duró toda la noche, se percibió actividad de aviones y helicópteros que operaban en el aeropuerto, en tanto la flota permanecía en quietud y silencio radial.

Tal como lo había calculado Benchetrit, cuando el carguero cumplió su giro a la isla, se encontró llegando al ancladero con la primera luz de la mañana. Era una hora ideal, pues con el sol a sus espaldas y la incidencia de los rayos iluminando las naves allí surtas, le resultó más fácil avanzar sin ser percibido y poder distinguir claramente las características de las mismas. Desde esa ventajosa posición, el Río de la Plata fue acercándose hasta una distancia entre dos y tres millas de los otros barcos, sin detener su marcha y sin que, al parecer, fuera advertida su presencia.

Durante el transcurso de ese avistaje aprovecharon para obtener excelentes fotos de todos los barcos, improvisando un teleobjetivo que armaron adaptando el foco de unos binoculares que colocaron delante del lente de la única cámara fotográfica con que contaban a bordo.

Resultó más que interesante y por momentos increíble para los tripulantes del carguero argentino, ver la multiplicidad de tareas que los británicos estaban efectuando. A simple vista un trabajo engorroso donde embarcaciones menores y helicópteros se movían como abejas en una colmena tratando de suplir en el fondeadero la falta de muelles y guinches. Evidentemente la necesidad política de querer mostrar al mundo que estaban prestos a reconquistar “sus islas” sin demora, obligaba a las Fuerzas británicas a completar, lejos de miradas indiscretas, un alistamiento desmesuradamente esforzado.

Sobre la blanca mole del Camberra, evolucionaban varios helicópteros Sea King, portando en sus eslingas, planchas metálicas con el fin de equiparlo con cubiertas de vuelo, emplazándolas entre las pasarelas y las chimeneas, para permitir, que en una se posaran aviones Harrier y en la otra, helicópteros. Para lograrlo habían desplazado algunos mástiles de antenas y colocando puntales en el hueco de una piscina vacía.

Era dable también ver lanchones de desembarco efectuando maniobras junto al anfibio Fearless, desde el cual oían claramente por radio las órdenes de su capitán, Jeremy Larsen.

Mientras tanto, la fragata, Antelope permanecía quieta en una punta del fondeadero, era notable la actividad en torno a los transportes, Sir Galahad, Sir Tristan, Stromnness, Pearleaf y Sir Bedivere, donde los remolcadores de mar, Typhoon y Salvagemen se desplazaban con gran agilidad llevando materiales y personal.

Luego del reconocimiento y siempre a marcha normal, el Río de la Plata fue alejándose del lugar. No había hecho una milla cuando por radio se escuchó una voz de alarma advirtiendo a los buques sobre la presencia de un intruso y requiriendo reducir al mínimo las conversaciones.

El mercante continuó su marcha tratando de aparentar ser ajeno a lo sucedido, pero en pocos minutos tuvo una ingrata visita. Dos helicópteros Sea King, que amenazantes, efectuaron evoluciones a muy baja altura con intención de obligarlo a alejarse del lugar. Durante el tiempo que duró el hostigamiento, desde las aeronaves británicas se tomaban fotografías y se filmaba al buque desde todos los ángulos. Benchetrit, ante la posibilidad de un abordaje por parte de tropas comando, tomó la precaución de colocar todo el material comprometedor en una bolsa lastrada, lista para ser fondeada. Pero ello no fue necesario pues luego de media hora de acoso, los helicópteros se alejaron en dirección a Ascensión.

Pero allí no terminó todo. En medio del silencio radial, se sintió la voz del Comodoro, Clapp, desde el Fearless, requiriendo en forma amable a la Fragata Antelope, que: “si consideraba oportuno, y no interfería en sus trabajos”, saliera a capturar al “stranger ship”. Sin embargo pese al sugerente pedido, desde la nave de guerra, alguien que se identificó como Capitán, Tobin, contestó por radio que “iba a hacer todo lo posible pero iba a demorar más de dos horas en poder salir”.

Se ignora si esta fragata zarpó en persecución del buque argentino, pero a sus tripulantes sorprendió no verla aparecer en el horizonte ya que dada su velocidad de 30 nudos, era factible que lo hubiera podido alcanzar más adelante.

En ese momento tan incierto se recibió, como una ironía del destino, un telegrama de la Empresa ELMA, disponiendo el regreso urgente del Río de la Plata a Montevideo. Lo insólito del caso consistió en observar que dicho cable había sido despachado la noche anterior y por razones técnicas de horario, el radiotelegrafista no lo había recepcionado oportunamente.

De todas maneras ya era tarde para cualquier conjetura y siguieron navegando con un total silencio radial y electrónico para no ser detectados, demorando la transmisión del mensaje a la Empresa paras el día siguiente.

Efectivamente ya asegurados que ningún barco los seguía y calculando que se encontraban lo suficientemente alejados de la conflictiva base, transmitieron la información obtenida a la sede de la empresa ELMA. No bien habían concluido con el contacto telegráfico, cuando fueron sobrevolados por un avión de reconocimiento de la Fuerza Aérea británica, que luego de algunos pasajes rasantes, se alejó rumbo al Oeste hasta perderse de vista. Esta última novedad alcanzaron a comunicarla a Buenos Aires y luego cortaron toda transmisión para continuar la navegación en silencio por más de veinticuatro horas.

Como la falta de noticias preocupó a las autoridades de ELMA, que no recibían respuesta a los llamados, el gerente de la Empresa decidió enviar un radiograma sin clave cifrada, pero cuyo texto estaba redactado en términos lunfardos. El mismo decía “Bencho, picátela al socaire de macacos y domani chamuyame como era el quía que te ojeó. Un abrazo, el Capitán, Radivoj”. Para quienes no están familiarizados con el lunfardo la traducción aproximada sería: “Bencho” (apelativo con que se lo conocía a Benchetrit), andante rápidamente hacia la costa brasileña y mañana háblame de cómo era la persona que te avistó”.

Durante el trayecto al continente, alcanzaron a divisar a unas veinte millas por proa, un buque de guerra que evidentemente se dirigía a Ascensión, pero dada la distancia no llegaron a identificarlo. Presumiendo que el mismo proviniera de la isla brasileña de Trinidad, donde quizá podrían encontrarse otros barcos británicos, pusieron rumbo a la misma. Dicha isla fue reconocida en todo su perímetro a una distancia entre media y una milla, sin que se viera embarcación alguna. Cumpliendo ese trámite, el Río de la Plata hizo puerto primero en Montevideo y luego emprendió rumbo a Buenos Aires, donde el resto del material logrado, grabaciones, fotografías, etc. fueron entregados a ELMA y a través de la misma a la Armada Argentina.

En medio del beneplácito de sus superiores y de los mandos navales, Benchetrit, fue requerido nuevamente por personal de la Armada para cumplir otra misión secreta. El Capitán aceptó, pero los trabajos que necesitaba el barco para estar en condiciones, demoraron su salida y al finalizar los mismos, la contienda terminó y la misión se canceló.

Benchetrit continuó con sus viajes en el Río de la Plata, siempre hacia el norte de Europa. Tres años después del conflicto, se encontraba navegando cerca del Golfo de Vizcaya, cuando atento a la radio alcanzó a escuchar una conversación entre dos barcos ingleses a quienes identificó como ex participantes en la guerra de Malvinas. Sin pensarlo mucho fue a buscar las cintas que había grabado durante el episodio de Ascensión y las puso en el aire a través de la misma frecuencia.

Luego que se oyeron esas voces provenientes de seres que ya no estaban y desde naves que ahora yacían en el fondo del mar, se hizo un profundo silencio. Quizá los marinos británicos jamás hayan podido dar una explicación lógica a esa alucinante experiencia, ni imaginar que un marino argentino, con métodos muy simples, los continuaba sorprendiendo.

ELMA Rio de la Plata
sacar fotos a los buques Britanicos