“¡Hundan al Belgrano!”: la orden que decidió su naufragio y el martirio de 323 héroes de Malvinas

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Sus marinos saben las reglas del juego. Esperan, con esa tensión que oscila entre la vida y la muerte, que no haya ataque submarino.

En la Argentina son las cuatro de la tarde.

Pero mientras esperan y rezan, en Londres, ese mismo domingo 2 de mayo de 1982, a las nueve de la noche, Margaret Thatcher no espera ni vacila. La orden es directa, clara y aterradora:

–¡Hundan al Belgrano!

La recibe el capitán Chris Wreford Brow, comandante del submarino nuclear HMS Conqueror. Y empieza a escribir el réquiem.

–¡Fire!

Un torpedo pasa debajo del Belgrano hiere partes vitales y le quita energía: preludio sombrío. El capitán del Conqueror grita “¡Fire!” dos veces más. El segundo y demoledor proyectil fantasma le borra quince metros de proa. El tercero no lo toca. Pero los daños son irreversibles.

Veintitrés minutos después de la primera explosión, el capitán Héctor Elías Bonzo ordena abandonar el crucero.

El Belgrano –una leyenda–, ya inclinado después del primer torpedo, ha sufrido una una segunda explosión.

Está condenado: morirá. Morirá en ese mar furioso y ese viento implacable y entre los gritos desesperados de sus hombres. El más funesto de los escenarios: salvarse es casi imposible.

Los 62 botes de auxilio –el crucero lleva 72, pero una decena es de reserva–parecen más pequeños y más frágiles.

De los 1093 tripulantes, mueren 323.

Pero las cifras, aunque espantosas, no revelan el verdadero infierno: sólo el primero torpedo mata a 274 hombres…

A las 16.32 el capitán Bonzo ordena abandonar la nave

A las 16.32 el capitán Bonzo ordena abandonar la nave

Los botes salvavidas están atados, pero es urgente cortar los cabos para evitar que uno, al hundirse, arrastre a los otros.

Algunos marineros llegan a los botes cargando un compañero herido sobre sus espaldas. La rápida huida impide que muchos alcancen los botes con ropa de abrigo. El frío es alucinante. Atroz. Varios mueren congelados sobre el techo de los botes. Otros se calientan con su propia orina, y se agota la morfina para calmar a los quemados.

Un poco después de las cinco de la tarde, hora patria, el Belgrano va hacia el oscuro y helado cementerio que el mar reserva para los guerreros caídos.

Un viejo luchador de 185 metros de largo (eslora) encuentra su tumba 44 años después de su nacimiento. Y con él, los marineros argentinos que no pudieron escapar de la trampa.

Desde los botes llega un grito:

–¡Viva el Belgrano!

Construido en Nueva York, entró en servicio en marzo de 1938 con su primer nombre: Phoenix. Anclado en la bahía de Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941 salió indemne del brutal bombardeo japonés: 353 aviones en dos oleadas. Cuatro acorazados hundidos, nueve buques dañados, y 2403 norteamericanos muertos en agua y tierra. En 1951, la Argentina lo compró, lo bautizó 17 de octubre, y más tarde recibió su nombre definitivo ARA General Belgrano.